Había puesto un espejo nuevo. Tras varias semanas intentando adaptarse a su nueva vida, empezó a salir. Lo había pasado mal, se había ocultado del mundo y solo la rutina de su trabajo la mantenía en contacto con los demás. Se aisló en su casa, se dedicó a leer y a pensar, a escribir y a olvidar. Durante los primeros días le estuvo llamando insistentemente, pero nunca le cogió el teléfono, le vió rondando la puerta de su casa de madrugada y no le dijo nada. Queria olvidar, se sentía culpable y no preparada para nada, había sufrido y solo quería cambiar.
Desde que aquella noche pegó aquel portazo, nunca supo nada de él. Le llamó varias veces, porque aún tenía algunas pertenencias en su casa, y porque quería saber de él. Nunca le cogió el teléfono, ni supo por donde andaba, ni hacia donde había dirigido sus pasos, donde vivía o que era de él. Había empezado a preocuparse. Si algo aprendió en aquellos días fue a darse cuenta de que no le quería. Si había sido capaz de enamorarse de otra persona que apenas conocía, con esa facilidad y sin apenas haberle importado su pasado, era que había descubierto que su vida había sido pura escena. Pero ahora estaba aprendiendo que le había cogido cariño, y que quería saber, quería hablar con él, mantener al menos una buena amistad.
Había desaparecido de su vida, casi sin darse cuenta. Pensaba mucho en él, y lloraba escondida tras los recuerdos. Lloraba escondida tras el recuerdo de aquella escena y cada vez que volvía a ella un soplo de culpabilidad le atormentaba. Sabía que lo había hecho mal, y le hacía sentir mal. Solo querría hablar con él, aunque solo fuese una sola vez.
Había quedado aquella noche con dos compañeras de trabajo para cenar y tomar una copa. Se arregló, hacía mucho tiempo que no lo hacía. Le vino bien, cenaron, bailaron, conocieron gente nueva, y llegó de madrugada algo bebida. Pero lo había pasado bien. Las siguientes semanas volvieron a salir de manera asidua, y de nuevo empezó a sonreir. Se sentía bien, se sentía libre…. Por momentos, había dejado de pensar en ellos, aunque no pudo evitar caer en la tentación de sus propios recuerdos.
Descolgó el teléfono y marcó el número. Diga?. Le contestó. Dígame… Era la primera vez que se lo había cogido, se quedó en silenció, y colgó. Por fín había podido al menos oir su voz y se sintió más tranquila. Esa tarde, volvió a la vieja taberna, y se volvió a sentar en la misma mesa, sonrió al camarero que se había quedado sorprendido, y esperó. Al rato le vió pasar, iba acompañando a su hermana, y otra mujer les acompañaba, les vió pasar y un vuelco le dio el corazón. Vió como su mundo se venía de nuevo abajo, sintió una sensación agria y punzante, como de dolor, o tal vez resignación, quizás liberación. Llamó al camarero, y le pidió un whisky.
Se marchó a casa, esa noche estaba triste, quiso leer y no pudo, intentó ver televisión y se aburría, llamó a su amiga para salir pero ésta no podía. Se sintió sola. Hacía muchas semanas que no percibía esa extraña sensación. Subió la escalera despacio, y se colocó frente al nuevo espejo. Se quedó mirándose un buen rato, en silencio, sin poder moverse. Escuchó al silencio, y esta vez le oyó, ahogarse en él entre esas paredes, quiso gritar pero ningún sonido salió de su boca. Abrió el grifo de la ducha, y se dejó empapar del agua caliente. Se preparó algo de cenar y se sentó frente al ordenador.
Abrió el chat, cuando de pronto, apareció en su pantalla aquel sencillo “hola”. Le contestó, aquella noche tenía ganas de hablar con alguien. Hola……
