viernes, 23 de diciembre de 2011

NAVIDAD

   No pretendo que esta sea una entrada triste, pero soy de lágrima fácil, y en Navidad siempre tengo en los ojos alguna gota dispuesta a caer de ellos.

No hace mucho casi leí un libro (casi porque lo dejé aparcado sin terminar, aunque lo haré, lo prometo.... otra promesa más para el Año Nuevo), que se llama "Lo que te cae de los ojos", en el que el protagonista fotografía lágrimas, porque piensa que dentro de cada lágrima hay un recuerdo, una experiencia vivida.

No podemos evitar en estas fechas que nos vengan recuerdos a la memoria, recuerdos que a veces son alegres y otras tristes, recuerdos que nos emocionan, y precisamente por ser las fechas que son, parece que los recordamos con más intensidad. Esos recuerdos nos aparecen ante los ojos, que se llenan de imágenes, tanto que no caben dentro y tienen que salir a través de las lágrimas. Y en Navidad, las luces que lo adornan todo se meten también dentro de las lágrimas, engordándolas y haciendo que broten más fácilmente.

Yo lloro por muchas cosas. Mis lágrimas están llenas de todo, de las sonrisas de los que ya no están, de las de los que acaban de llegar, inocentes y llenas de ilusión, de lágrimas de otros que por no tener casi no tienen ni recuerdos, de las sonrisas de los que siempre me acompañan y en estos días están lejos... Son las luces, los villancicos, el reunirse, el estar juntos, el demostrarse cariño, lo que por una parte me alegra y por otra me llena de melancolía, hace que sienta paz y desasosiego a la vez. Porque sé que tengo suerte a pesar de todo, pero sé que muchos otros pasan frío en el cuerpo o en el corazón.

Espero que tengáis unas cálidas Navidades, llenas de enormes lágrimas de felicidad...


     Nos  sentaremos todos a la mesa, enfrente de unos platos enormes de gambas y de chuletones, volará le vino, el champán, los veré a todos allí y sonreiré, diré para mí, otro año más todos juntos y sonreiré, miraré la cara de mis padres, estarán contentos y le agradecerán a la vida que les haya permitido un año más estar entre todos nosotros y yo leeré sus pensamientos, y veré a mi hermana entrar y salir de la cocina a paso ligero controlándolo todo, y  a mis sobrinos gritándole, tita, tita, y empezaremos a comer como si nos fuese la vida en ello, nos miraremos, seguramente habrá un televisor de fondo al que no le haremos ni caso, y veré los adornos de navidad, y la algarabía, y el runrún de platos y vasos, y luego el turrón, y los bombones, y el aguinaldo…

  Y me acordaré de mis amigos, y de mucha gente en otros sitios y en todo el mundo, que seguramente en ese momento estarán viviendo lo mismo que yo, y me acordaré de gente a la que quiero que estarán en otras partes también celebrando esa cena de Nochebuena, y me acordaré de otros años, de otras Nochebuenas……

Pero habrá un momento que miraré hacia el frente, y veré una silla vacía, y no podré evitar este año  que los ojos se me inunden de recuerdos, de tantas imágenes que no me cabrán en ellos, y seguramente desprenderán alguna lágrima en forma de recuerdo, veré su silla vacía, y lo imaginaré en otro sitio también acordándose de mí, de nosotros, y pensaré que le echo de menos, y de nuevo los ojos se me llenarán de recuerdos, de imágenes, de lágrimas……

y pensaré en él,  esperando que tenga unas cálidas navidades, llenas de enormes lágrimas de felicidad.



   Y nos acordaremos de vosotros, silenciosos lectores de Enone,  esperando que también vuestros ojos se llenen de enormes lágrimas de felicidad.

Feliz Navidad.

martes, 20 de diciembre de 2011

EL SILENCIO DE ENONE



Por qué callas Enone?

Por qué disculpas su ausencia y esperas en tu ladera su regreso cada día? Que tienen ellas que tú no tengas, las riquezas y la belleza, tu soledad acaso no vale tu espera, no dejas de pensar en él mientras le imaginas riendo y bebiendo, seduciendo nuevos vientos que le hicieran olvidar y pensar que un día partió de agrestes colinas  e interminables tardes calladas. No miró hacia atrás, ni le importó el amor que le tenías, la pasión que le ofrecías, quería vivir, soñar, reir.

Una mañana te levantaste, sola como cada día, y ni siquiera le viste partir,  no estaba,  sabias desde hacia tiempo que no estaba, o si estaba andaba perdido entre matorral diminuto y hermosas palabras que le silbaban el aire cada mañana, cada tarde a la misma hora. El cartero hablaba con él cada día, y cada día le entregaba una nueva carta, una nueva carta de silencio que nunca te atreviste a leer, jamás le preguntaste, jamás te preguntaste pero intuías que su final se acercaba y que preparaba su marcha. Cánticos de sirena desde la orilla le llegaban en ellas y le hacían imaginar un mundo mejor,  cada letra le caía sobre sus ojos como viva tentación a dejarte, le acostumbraste a vivir sin ti y solo buscó su refugio en esas palabras, no hay ventanas para pensar, solo horizontes no tan lejanos, prohibidas tentaciones le deslumbraban a cada atardecer, y solo tú le veías esconder su carta entre sus puños cerrados siempre pensando en que no las verías.

Miraste hacia otro lado, y ahora es tarde. Partió un día sin ni siquiera despedirse, te quedaste sola, ya ni cartas, ni su presencia, ni una sola palabra, ni un adiós, ni un beso de despedida, partió hacia dentro de aquellas palabras, se fué a la búsqueda de otra vida, de otro lugar, lejano como su mirada tenía desde hacía algún tiempo. Y no lo esperaste. Dolida y herida, pero callada, silenciosamente callada, aguardaste con el silencio de compañía cada tarde, cada mañana, a que regresara y que asomara detrás de cada ventana.

Seguiste tu camino, como París siguió su camino, pero el tuyo era esperarle, más no el suyo que solo quería olvidarte, alimentar sus bellezas hasta hartarse de sus riquezas, no cabes en sus sueños, Enone, aquellos se quedaron allí contigo en tu ladera solitaria. De vez en cuando el cartero te visitaba, y algunas noticias te traía, llorar podrías si para eso solo venía, pero las apretabas con rabia hacia tu pecho, las maldecías y ni siquiera dormías, le veías allí riendo, le imaginabas bebiendo, amando o queriendo, gritando o corriendo, y sola callabas.

No debiste dejarle marchar, haber impedido su camino, quizás no mirar hacia la ventana ni siquiera deberías haberte callado, le tenias que haber robado esas cartas, haber silenciado aquellas palabras haber ocultado tu inquieta sonrisa. Ya es tarde, Enone, solo te queda esperar.  Esperar su regreso por si decide volver. Las cartas te dicen que está en otros brazos, que le besan otros labios, que otros cuerpos habitan sus noches, mientras tú, callada y dolida  suspiras de dolor, tu ira se confunde con tu silencio, tus mañanas con tu soledad, la espera no espera y cada día que pasa lágrimas de rabia desnudan tu acallado rostro de pena.

Sabes que volverá, que cuando se apaguen sus risas y el vino se acabe, volverá. Y le estarás esperando aún, triste y cansada de esperar, le verás aparecer a lo lejos de tu ventana,  a lomos de su caballo, hundido y derrotado, contrariado, arrepentido, pero le perdonarás, y le curarás sus heridas, y sanarás sus pecados, y olvidarás sus desprecios, y te volverás a callar, y tu silencio le matará poco a poco, y se dejará morir, allí frente a tu ventana, se dejará morir junto a ti.

Por qué callaste, Enone?

lunes, 19 de diciembre de 2011

LUCES DE NAVIDAD

Hace mucho que no escribo...

Sí, sí... ya sé que dijimos que este rincón iba a ser sólo para los dos, para escribir lo que quisiéramos y cuando quisiéramos, lo que nos apeteciera, sin presiones ni obligaciones.

Nuestro Rincón de Pensar casi casi en voz alta...

Durante estas semanas he estado tentada muchas veces de hacerlo, pero he preferido atarme las manos y contártelo de viva voz, o por escrito, pero sólo a ti. Ya sabes la de veces que te he preguntado, te gusta esto?, lo digo así?, lo estoy haciendo bien?. Porque este tiempo, ya lo sabes, he estado rabiosa, muy enfadada, molesta, dolida, jodida, expectante, recelosa, con ganas de nada, hasta que mis sentimientos se han ido calmando. Hasta que tu me has ayudado a calmarme.

Y es que ahora estoy en calma y veo las cosas desde otro lado. Y veo que nada ha sido real, y creo que se muy pocas cosas. Tú eres real, tú me coges de la mano cuando lo necesito, tú estás aquí. Oigo tu risa y me suena a lucecitas de Navidad, a chocolate con churros en medio de la calle, a frío, a gafas de sol rotas y al color rojo que tan bien te sienta... Tú me calmas, porque me conoces, me entiendes, me apoyas o me discutes, pero sobre todo porque estás.

Me dan igual los ecos de risas lejanas, porque tengo la tuya. Ahora me divierte el run run de las conversaciones de al lado, aunque no las escuche, porque yo hablo contigo y tu me escuchas. No necesito más mano que la tuya, siempre abierta, tendida y cálida.

Muchas veces me preguntas que qué pienso... ya lo sabes, siempre lo sabes. Soy transparente como el cristal a tus ojos...

Feliz Navidad...

miércoles, 14 de diciembre de 2011

EL LABERINTO MÁGICO



    Como cuando venimos de cualquier parte y encendemos la luz,  y antes de que pinten bastos nos metemos a  la espera de ver quien hay por ahí. Siempre esperamos la compañía que quizás nos falte en otros universos más cercanos y reales, o el  añadido que nos viene de casi serie a los que  ejercemos de sibaritas sobre nuestra propia estancia buscando la exquisitez de unas risas o simple compañía.  Mal de amores escondidos tras una nube de polvo desintoxicante ejerciendo la capitanía de dominar nuestro entorno y sabernos la cúspide del mundo mientras esperamos  letras desde el otro lado de la luz, nombrándonos o simplemente sabiendo que está ahí, justo ahí, en ese preciso momento.

Si la rutina emerge con los días y la proximidad de la fantasía, la imaginación, el deseo o la simple costumbre se acota en círculos cerrados que irán poco a poco en dirección concéntrica a poco que surja esa chispa entre pantallas habremos ganado algo o alguien en quien rellenar nuestros huecos mal acostumbrados. Soledad pasiva o voluntaria que nos impide ver más allá de la puerta de nuestro cuarto y nos encerramos en conversaciones al uso, simplemente apretando el botón de la distancia y le damos al play de nuestras horas, costumbres o lo que surja en un momento determinado.

Te busco y me buscas, siempre sabiendo donde estamos y cuales son nuestras limitaciones obligadas, cual la línea a seguir o la frontera a no traspasar, que ilusión o ilusa percepción de engañar a veces sentimientos con “déjà vu” tarareados por la inercia de lo imposible, esto no se toca, esto no se come, solo abrimos nuestras almas al vacío y nos dejamos conducir hacia cualquier parte desconocida, que más da, lo importante es saber que estamos dentro.

Por eso a veces, te busco, te escondo o te ignoro, juego a jugar delante de tus ojos y la percepción de los sentidos que nos hace libres o no, que nos lleva más allá o casi te toco con mentiras o verdades que nos inventamos dependiendo del tiempo que haga ese día, si la lluvia o el sol, si la noche o el día, si arriba o abajo nada importa para excusarnos ante nosotros mismos, siempre tendremos anotaciones personales guardadas en nuestra memoria para ir dibujándolas al son que nos marcan los dedos, o un simple lápiz mental que nos dicta las palabras adecuadas.

Que de romanticismos escondidos encontramos en nuestro propio yo, valentía camuflada de ensoñaciones varias o cobardías asociadas a todo lo que dejamos detrás de esa dichosa puerta, como si intentásemos salvar nuestras vidas con cada párrafo, cerramos los ojos y nos sumergimos en profundidades inevitables que buscamos y buscamos cada día como esa droga que nos es imposible alejar. La de preguntas que nos hacen ver y la de respuestas que procesamos a velocidad de vértigo, la de momentos, tumultos o escalofríos que se nos paran en nuestra cabeza cada dos por tres. No pensamos en relaciones más allá de nuestros propios sueños, socializarnos a nosotros mismos con nuestros respectivos “yos”  aunque no sepamos estar solos y necesitemos de ese aliento cómplice para llevar a cabo la misión de nuestra vida, de nuestras horas o de nuestro tiempo.

Trasiego de pensamientos díscolos que nos mueven como marionetas intentando seducirnos, probar a probar sin dejar escapar ninguna intención que nos delate, asumir la compañía como buena o apretar el otro botón, si caen las cartas boca arriba habremos ganado tesoros impensables que no deberíamos dejar marchar, pero si son boca abajo es la fibra moralina rampante la que nos avisa y nos hace escondernos detrás de emergentes cortinas de oro que el viento de la indiferencia  un día sí y otro también ladean para dejar ver la luz que quedó dentro.


Nota del autor:

Poliominó:  Los siete enanitos del bosque nunca utilizaban el mismo camino para regresar a casa a partir del día que conocieron a Blancanieves.

martes, 13 de diciembre de 2011

OTRO CUENTO DE NAVIDAD




Nevaba y veía la calle mojada y solitaria a través del cristal. Veía  luces en las ventanas y algunas lucecitas de colores en los balcones. Hace frio y miró hacia la mesa. Se acercó a la cocina y abrió una botella de vino. Se sirvió una copa y de nuevo se acercó a la ventana, limpió la escarcha pegada y se volvió a asomar, todo igual. Las mismas luces, la misma soledad, el mismo frio,  un sorbito de vino mojando sus labios. Se oye ruido de fondo, y risas, y villancicos, el descorchar bullicioso de una botella y más risas, muchas risas.

Se acerca por la calle un perro vagabundo medio perdido, buscando posiblemente el calor de algún rincón, el bocado de algún resto olvidado, se detiene sin saber donde ir, y vuelve a andar, posiblemente no sepa hacia donde dirigirse, tiene frio, y hambre. Mira hacia arriba con su mirada perdida, y le ve. Un gemido sale de su interior. Bajó y abrió la puerta. Se acercó desconfiado pero se acercó.

Lo secó con una toalla, y le dio de comer. Se acerca al calor de la chimenea y se tiende mirando el fuego, con la mirada perdida. Cogió un libro y se sentó en el sillón, pero no le apeteció mucho leer, se acerca a sus pies y se tiende enfrente suyo. Le habló, y le miró extraño, acercando su cabeza hacia sus piernas. Un nuevo sorbito, y de nuevo hacia el cristal empañado. Las mismas luces, las mismas risas….

Calle abajo, un borracho zigzaguea cantando una antigua canción botella en mano, solo y andrajoso, cae sobre el helado asfalto, empapado y renqueante se levanta y mira hacia arriba, le vió mirarle y levantar la botella hacia ella. Le sonrió y le devolvió una sonrisa fría. Le dijo  que subiera, y entonando una nueva canción, subió. Le indicó donde estaba el baño y le abrió el agua caliente, le dejó ropa seca, y le indicó donde estaban sus utensilios. Le miró triste y cerró la puerta. Un nuevo sorbito de vino mientras oía chispotear el agua detrás de aquella puerta. El perro no dejaba de mirarla y de nuevo emitió un nuevo gemido.

 Una prostituta aparecen calle abajo con ropas provocativas, bolso en mano donde posiblemente guarde la poca recaudación del día, se supone que buscará alguna pensión donde pasar la noche, donde se supone que subirá, encenderá la luz de la mesilla, besará la foto de su hijo y se tapará con una recia manta para dormir. Abrió la ventana, y se preguntó donde iría, extrañada le miró y le sonrió, le dijo que si quería subir a tomarse un café y se quedó parada y extrañada, pero aceptó. Subió, y se quitó la cazadora vaquera, la invitó a sentirse cómoda, si le apetece un café. Gracias le dice, acercándose a la chimenea y acariciando al perro.

El señor ya ha salido de la ducha, su rostro parece otro, se siente un poco avergonzado y le invitó a comer algo. Ella también se atreve. Apenas hablaban,  sentía la tristeza y la soledad en sus rostros.
Poco a poco empezaron a sonreir mientras comían. Se hicieron amigos y abrieron una botella de champán. El vivía solo desde que su mujer le abandonó para marcharse con otro y se llevara a sus hijos, se había quedado sin trabajo. Ella había llegado a España hace unos meses huyendo de la pobreza de su país, cada semana le enviaba a su familia algo de dinero. Ella les miraba con cara de tristeza. Se marcharon.

Les vió alejarse tras el cristal, posiblemente se fueran a la pensión de ella a pasar la noche, o tal vez a la casa de él, el perro se fue con ellos. De nuevo, un sorbito de vino, asomada a la ventana, viendo la oscura y fría noche pasar, las luces de enfrente encendidas, la música y el murmullo a lo lejos. Se sentía sola, pero se sentía bien, pensó en ellos, pasarían la noche juntos…  en compañía.

  De pronto las luces de enfrente se apagaron, las luces de la calle se apagaron, y vió como una estrella brilló con más intensidad, ella la vió, y no pudo evitar acordarse de él. Una lágrima resbaló sobre sus mejillas. La luz de su casa no se había ido, las otras volvieron enseguida, y seguía asomada a la ventana, con una copa de vino en la mano, con la mirada perdida.

Sonó el teléfono, interrumpiendo sus recuerdos y su tristeza, descolgó el teléfono con miedo, “felicidades mamá” alcanzó a escuchar antes de echarse de nuevo a llorar. Sonó el timbre de la puerta, al mismo tiempo que intentaba decirle algo, espera, y se dispuso a abrir. Allí estaba él, con el móvil en la mano, “feliz navidad, mamá”. Y volvió a llorar, esta vez de alegría. Hacía seis años que no sabía nada de él.  Esa noche buena nunca estuvo sola, se asomó a la ventana, se quedó helada mirando el frio y sintió su mano sobre sus hombros.

sábado, 26 de noviembre de 2011

VIEJA GOLONDRINA


  
 Toda una vida asomándote cada mañana a mi ventana, a veces te veo, otras no, pero no has dejado de venir ni un solo día. Te conozco bien, vieja golondrina. Me has arropado con tus plumas y me has quitado el frio con tus besos aún sin sentirlo apenas,  has cruzado tus dedos  pensando en mí, has volado por eternos mares en busca de esa comida que jamás te pedí. Me has acurrucado en tus sueños sin yo saberlo, me has vigilado, has llorado y has sufrido por mí, y yo sin enterarme. 

Me hice muchas veces el loco y jamás te importó. Me perdonaste mis errores con un dulce beso que jamás percibí. Dejaste tus alas en esos cielos del mundo por mí, madrugabas por mí, o mejor ni dormías por mí, vigilante vieja golondrina y cuando el sol salía siempre aparecías mientras dormía. Me tapabas y te ibas, apenas te veía, pero jamás te importó.

Me hice el loco de la vida, miraba al cielo y siempre te veía, sonreía y me marchaba, pero jamás te importó. Nunca te lo dije, ni tú tampoco, jamás me lo dijiste, pero no hizo falta, nunca hizo falta porque yo lo sabía. Hoy te lo escribo, vieja golondrina, te lo canto y te lo grito con lágrimas en los ojos. Nunca lo vas a leer, ni me vas a oir pero no hará falta, nunca hará falta porque ya lo sabías, vieja golondrina. Te aferras a la ventana de la vida para  no faltar ni un solo día, vieja golondrina,  aún haciéndome el loco te veo como vienes por la mía, cansada y agotada, malherida y dolorida no faltas ni un solo día, vieja golondrina.

Y haciéndome  el loco, te veo cada mañana como partes, vida mía, a curar tus alas para volver mañana y no faltar ni un solo día. Sin fuerzas  sin aliento, sin palabras ni reproches notas mi ausento, mi locura y mi silencio, y  a lo mejor ya ni me ves, ni me oyes, ciega y sorda golondrina, pero no hará falta, nunca hará falta porque aunque no me veas, aunque no me oigas, vieja golondrina, sabes que siempre me tenías.

No emerge tu vuelo, se apagan tus plumas, se entristecen tus ojos  vieja golondrina, pero peleas con la vida, para ganarle aunque  sea un solo día, noto el miedo en tus ojos,  el vuelo de la vida en tu cuerpo,  el miedo de dejar de asomarte por mi ventana, de asomarte como cada día…. y yo me hago el loco. 

Nunca noté tus manos, ni noté tu aliento, pero sí tu silencio, tu amor y tu ejemplo, tu lucha y tus vuelos para asomarte cada día, aunque yo, ni siquiera te veía. Te conozco, vieja golondrina, aunque no te sonreía, aunque no te veía, y he sentido tu aliento, y he sentido tus manos  aunque apenas las notara, me has escondido tus silencios, tu amor y tu ejemplo y a pesar de eso, sabías que lo notaría, aunque yo,  ni siquiera te veía.

Jamás, me las dijiste, aunque yo lo sabía, y yo….. tampoco te las dije jamás, aunque tú sé que lo sabías. Y lo sabes, y lo sé, aunque no nos las digamos, aunque hayamos pasado una vida sin decírnoslas, vieja golondrina, hoy te escribo estas palabras aunque no te las diga, hoy te las canto o te las grito las veces que haga falta, vieja golondrina. Te quiero, vieja golondrina.

Nunca lo vas a leer, ni me vas a oir pero no hará falta, nunca hará falta porque ya lo sabías, vieja golondrina.

martes, 15 de noviembre de 2011

DOCE ROSAS

 
  Le entregó las flores y supuso que debía rescatarla de su castillo y prometerle que jamás se volvería a ir de su lado. Así estaba escrito el cuento cuando se dio cuenta de que él mismo fue el  rescatado.

 Ni falsas princesas ni maduros galanes cabían en aquella azotea peligrosa sino solo bajando a la orilla del mar y sentarse en la arena mojada escuchando aquel  nervioso silencio entremezclado con el sonido de las gaviotas y oteando la nada del horizonte lejano. Solo era un punto equidistante entre doce maravillosas rosas que fueron creciendo minuto a minuto hasta dar con el ramo más bonito jamás inventado.

  Y no…  no se trata de ningún cuento de hadas. Es la vida repleta de viajes peligrosos a lo largo de toda una eternidad aunque pareciese por momentos  un solo momento, el que dura la flor en madurar y ofrecer lo mejor de su belleza. Idas y venidas, risas y llantos, subidas y bajadas  de cualquier noria efímera en el tiempo donde se ven las cosas pequeñitas conforme te alejas y enormes cuando te acercas para abrazarte en la tierra y mirarla a lo lejos volver a girar sin ti.

 Observar desde la platea la ira de  montescos y capuletos  con una sonrisa bajo la lluvia, descubrir las profundidades de lo desconocido o ver los fuegos artificiales de la noche de San Juan mientras espinas van creciendo como brotes verdes que te hacen aferrarte a ellas y te presienten cada vez más seguro a cada pinchazo que recibes, ilusiones de primavera sueños de estío  esperanzas de otoño viendo las hojas caer a través de la ventana pasan las hojas de aquel calendario que nunca imaginaste. Pellizcos en la piel o tragos de ron azucarado para brindar por lo que sucede un día cualquiera sin pensar en ningún cuento de princesas  o balcones cerrados.
 
 Es ese reloj que no se detiene y marca las pausas, ese que nos distrae de nuestro sueño y aparece cuando menos lo esperas, el que te indica un día y otro el camino a seguir, el que te pide el último abrazo y te suplica que no te marches sin antes susurrarle la promesa de volver con un silencioso beso, ese, el que te indica donde estás ahora, de donde vienes y hacia que lugar vas siguiendo uno a uno sus minutos, contando sus minutos. Es ese reloj el que tiene la culpa de que todo esto no parezca un sueño sino ventana al viento y respirar hondo mirando al mar por cada hora que pasa.

 Doce palabras como doce rosas, una tras otra y aquí vemos como el río baja por su cauce, cuerpos tostados al sol o cenas a la luz de las velas, malentendidos o recetas con sal es la vida misma la que fluye por su camino sin estrella hacia donde nos llevará sino directa al mar que se ve a lo lejos, pero muy lejos si se quiere. No tenemos que subir difíciles escaleras que se abren o se cierran ante nosotros, ni escalar fachadas inimaginables ni esperar que la música nos arranque esa última lágrima, no es un cuento ni existen princesas, doce rosas con todas sus espinas que fueron creciendo minuto a minuto hasta crear el ramo más bonito.

 No, no se trata de ningún cuento de hadas, sino de la vida que te llama a cada minuto por ese reloj que nunca se detiene, que no te deja parar como aquel motor que se detuvo en aquella avenida y la princesa se le acercó…  porque eso solo sucede en los cuentos.   Aquella tarde un pajarito se posó sobre un hombro y le habló bajito al oído, qué sería la vida sin los pajaritos revoloteando sobre nuestras cabezas, qué habría sido de este cuento si aquella princesa no hubiese bajado a la orilla del mar a sentarse sobre la mojada  arena a escuchar aquel nervioso silencio, le habló de rosas, de sueños, le habló de espinas, de tiempo…  de escribir un cuento con cada minuto de su vida.